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Quiero que toda mujer conozca
el Método de la Ovulación”.
Esas fueron las palabras que SS Juan Pablo
II le decía al Padre Pedro Richards
C.P. en este encuentro en junio de 1981.
El Padre Pedro tuvo siempre la mirada puesta
en el Vaticano. La Humanae Vitae fue la
encíclica motivo de que fundara el
“CENAPLANF” (Centro Nacional de Planificación
Natural de la Familia), y posteriormente,
la Familiaris Consortio para que surgiera
el ICF (Instituto de Ciencias Familiares)
como una versión más ampliada.
Es
que el P. Pedro fue fundador desde los comienzos
de su venida al Uruguay. Fue grande su pasión
por el apostolado familiar, por dar a conocer
y cultivar entre los matrimonios lo que
dio en llamar Espiritualidad Conyugal. La
clave del entusiasmo de tantos matrimonios
participantes en los grupos del Movimiento
Familiar Cristiano en toda América
Latina fue el hecho de que el Padre Pedro
descubrió cual era la problemática
cotidiana de la vida conyugal. Eso sobre
lo que nadie predicaba pero que constituía
el día a día de tantas familias
que querían caminar su vida hacia
el plan de Dios para ellos.
La familia, antes de ser una “obsesión pastoral”, fue para él una amorosa experiencia. Descendiente de irlandeses, la familia era fuente de la vida, referencia de los valores más profundos, escuela de fe. Hogar de puertas abiertas, con muchos familiares e infinidad de amigos. Si rastreamos el origen de su vocación pasionista descubrimos la presencia sacerdotal en casa. El pasionista podría definirse en ese tiempo – entre otras cosas – como el “hombre de Dios en la familia”. Lo que no era frecuente para otros, para un pasionista era lo habitual. No era solo el “amigote”, sino consejero, confesor, confidente.
Uno de los amores más profundos de su vida fue el que tuvo por su hermana Minnie, que murió a los 19 años (se preparaba para ser religiosa pasionista). Sufrió intensamente su muerte y esa ausencia dejó en su espíritu para siempre una nostalgia muy sentida, si bien rara vez expresada, y eso en caso de contadas personas muy allegadas.
En su juventud evidenció los dones que lo marcaron a lo largo de su vida: inteligencia, creatividad, valentía en la defensa de sus convicciones, alegría de vivir, caballerosidad, pulcritud, buenos modales, trabajador, constante en lo que emprendía, claridad de ideas. En algunos casos podía dejar la imagen de honrar a su árbol genealógico, cuando defendía tozudamente su punto de vista. Jugaban libertad y valentía cuando, contra viento y marea, debía dar razón de lo que creía verdadero, justo o bueno.
El religioso La familia Richards era, como dijimos antes, una casa pasionista. Ingresó en el noviciado San Pablo en Capitán Sarmiento. Con la pasión que ponía en todas las cosas, se lanzó por el camino de San Pablo de la Cruz. La vida de los pasionistas de entonces tenía fama de austera. Y además, lo era en verdad. Juan Enoch (ese era su nombre de nacimiento) aceptó el desafío. Pero debió suspender su camino. Su salud se resintió.
Al volver a casa decidió buscar trabajo y aportar así a los gastos comunes del hogar. Quedan nebulosos recuerdos de aquellos años que vivió con entusiasmo y entrega en la oficina, en los encuentros de amigos, en el deporte.
La vocación fue una herida incurable en su vida. Nuevamente llegó a un Retiro solicitando ser admitido en la Congregación (2 de enero de 1933). Después de varios años de estudio, algunos de los cuales fueron en Escocia, llegó el momento de la ordenación sacerdotal (25 de agosto de 1940). Así tomó el nombre de Pedro.
“Su ordenación y primera misa – comenta una testigo - fueron una fiesta para toda la familia y una fuente de inmensa alegría y, hasta entonces desconocida alegría que se extendió durante largas semanas posteriores a ese agosto de l940. Un franciscano, muy amigo de la familia, contó en la homilía del día de ordenación cómo el seno de su familia había ayudado y acompañado la gestación de esa vocación. Hizo mención de valores como autenticidad, verdad, libertad, servicio al prójimo, respeto, alegría, fraternidad, entre otros que sin duda colaboraron en la meta alcanzada.
El misionero...
En los años de vida en el convento, el Padre Pedro, intentando recuperar el equilibrio en la alternancia contemplación-acción, solía reservarse el mes de enero en el retiro San Pablo para estudiar, orar, escribir, responder el abundante correo que con fidelidad atendía.
La tarea que daba identidad apostólica de un pasionista eran las misiones. Mensaje misionero y método formaban una unidad. El Crucificado era el centro; la meditación guiada sobre la Pasión, el método; y el hombre venido del “retiro”, el testigo.
Pedro asimiló profundamente los tres. Siempre inquieto y creativo, buscó los nuevos elementos que pudieran ayudar en la catequesis: así consiguió una caja con una lamparita adentro que le posibilitaba proyectar unas filminas. ¡Toda una revolución pastoral para esos tiempos!
La experiencia confirmó que las misiones era la Iglesia en las calles, saliendo hacia la gente. El pueblo sencillo tenía gran ignorancia de su fe. Buscando a los que no llegaban al templo, salió a las calles y organizó en teatros y salones, conferencias especializadas para distintos grupos: varones, jóvenes, matrimonios, etc. Su estilo director, los ejemplos tomados de la vida, el planteo de los problemas reales cautivó a la audiencia. Campos, pueblos, ciudades fueron testigos de su paso misionero.
Por más de 30 años misionó los campos del Uruguay con jóvenes universitarios que más que misioneros eran misionados por Padre: no cesaba de hacer docencia doméstica y doctrinal aún en las meriendas sobre la mesa de caballetes. Unió el mensaje evangelizador con la atención médica y odontológica. Por supuesto, llegar a la familia estaba entre las prioridades. El machismo, el laicismo oriental, la bajísima natalidad y la pobreza herían su corazón de pastor.
La familia Como dijimos ya, la experiencia propia de hogar y constatando que casi todos los problemas tienen origen en la familia o la afectan profundamente, el P. Pedro lo sintió como un “SOS” que la FAMILIA dirigía. En ella estaba, en miniatura, la sociedad y la “pequeña iglesia doméstica”. Sonó a novedad – o desubicación – hablar de “espiritualidad matrimonial”, ya que “espiritualidad” era considerada exclusiva de sacerdotes y religiosas. Tampoco los primeros retiros espirituales para matrimonios fueron entendidos. Su libro que hablaba del “Cristo nupcial” no encontró editor en estas tierras. Esto no es un juicio negativo a los que no entendían, sino una constatación de los dones que Dios suele regalar.
La Congregación en Argentina, cuyos religiosos habían tenido idéntica experiencia de familia, coincidieron en la intuición del Padre Pedro. Los superiores aprobaron la iniciativa y varios acompañaron grupos de matrimonios. Hoy hay muchos movimientos que se preocupan de la familia. En medio de muchas sombras, brilla la luz.
El fuego por la familia se extendió rápidamente. No faltaron matrimonios que descubrieron que “ese” podría ser su apostolado. Los matrimonios Soneira, Gelsi y Gallinal formaron con el Padre Pedro en Uruguay un equipo imparable. Sembradores de esperanza, renovaban el amor de los esposos y despertaban a una nueva empresa misionera: ayudar a descubrir la “iglesia doméstica” en el hogar, a lo largo de toda América Latina.
Perseverar Hoy se habla de “resistencia” ante una cultura deshumanizadora. El P. Pedro nos deja un testimonio. Hombre de Iglesia, fiel al magisterio de los Papas, gozó al mismo tiempo de gran libertad. Llevado por su intuición pastoral, recorrió el mundo, acompañado de matrimonios, ofreciendo un testimonio vivo de esta nueva espiritualidad. A los 92 años, las terminales de colectivo lo vieron pasar fácilmente distinguible por su hábito pasionista, maleta en mano y la joven pasión por la familia en el corazón. Mil preguntas a flor de labios, un sinnúmero de comentarios de actualidad e interrogantes pastorales o políticos salpicarán la conferencia o la simple conversación. Parece decir: “Queda poco tiempo y hay mucho por hacer”.
Fue – y sigue siendo - un regalo de Dios la perenne vitalidad reflejada en el P. Pedro, que se evidenciaba en su alegría de vivir, en su incondicional disponibilidad de servir y en el testimonio de que Dios puede - ¡el único! – llenar el corazón humano. UN MATRIMONIO DIVINO.
Quizá pudo parecer “duro” o “estricto” cuando hablaba. Pero en el mano a mano primaba la comprensión y la ternura.
Pedro partió. “Quien
guarda su vida, la pierde; el que entrega
la vida, la gana”. La misericordia del Dios
que reconoció, experimentó
en Jesús Crucificado y del que fue
mensajero nos da la alegría de poder
decir: “Gracias, Señor, por el don
de este hombre que nos acercó a ti,
nos orientó hacia el amor, desde
tu amor inclaudicable”.
Servicio Apostólico
Consultor de la Provincia –
1948-1951
Fundador del Movimiento Familiar
Cristiano – 1948
Asesor Latinoamericano del MFC –
1950
Integrante de la Comisión
preparatoria del Concilio (Laicos) –
1960
Director del IFFS – 1967
Director del CENAPLANF – 1970
Experto en el Sínodo de Obispos
– 1980
Consultor del Consejo Pontificio
de la Familia – 1981
Fundador del ICF, Instituto de Ciencias
Familiares – 1991
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